Corriendo por la playa - Joaquín Soroya
Corriendo por la playa - Joaquín Soroya

La excitación del sentido

El entusiasmo es una exaltación positiva del ánimo que se despierta y mantiene por una intensa atracción hacia algo (o alguien) que se idealiza (se percibe perfecto, deseable y/o a nuestro alcance), que ilusoriamente satisface las propias necesidades emocionales; y que motiva a realizar una actividad, directa o indirectamente asociada a la fuente de atracción. 

El término proviene del griego “inspiración o posesión divina”; el entusiasta habría sido poseído por un dios, que lo guiaría y le infundiría su conocimiento y fuerza. Es por eso que inspira interés en los demás, que emociona, e incluso despierta entusiasmo; alguien “no inspirado” (que no cree en sí mismo o en lo que dice) podría querer influir en los demás, pero quizás sólo aburra. Me gusta la idea “Dios está dentro de ti”. Los niños son entusiastas por naturaleza; es la influencia social la que va mermando esta capacidad.

Es una emoción básica positiva, estrechamente vinculada, casi indistinguible, del flechazo y del enamoramiento. Aquel que se entusiasma, siente una alegría especial, se enamora de una idea, de una causa, de un proyecto, y la vida se llena de sentido para él. A veces la chispa del entusiasmo se enciende como si de un flechazo se tratara, otras la llama va creciendo más lentamente hasta alcanzar la misma categoría emocional.

El entusiasmo es una fuerza emocional motivante, impulsor de la actividad, y de realizarla lo mejor que podemos (Perfección en la actividad); el resultado de la misma puede ser positivo o negativo, o ni lo uno ni lo otro; puede ser la confirmación de la ilusión, o la caída en la desilusión. Dependerá de lo “ciegos” que nos hayamos “enamorado”, y de cómo vivamos ese “enamoramiento”. Tan perseverante es el entusiasta como el enamorado, y es verdad que a veces el enamoramiento se transforma en amor.

Lo cierto es que, considerando la vida como un lugar de aprendizaje, el entusiasmo nos dirigirá hacia algún lado, y no hacia otro, y el aprendizaje que obtengamos, los logros internos que alcancemos, dependerán de cómo nos vayamos adaptando, y cómo vamos percibiendo las realidades que se nos van presentando. Uno podría “aprender mal” si al menor obstáculo abandona aquello que es fuente del interés; también podría “aprender mal” si ante serios obstáculos no deja de estar ciego, y no abandona la idea (o la forma de alcanzarla). Menor o mayor resistencia habrá como para renunciar a la ilusión, y encaminarnos a lo que, para nosotros, sería, además de cotidiano, “aburrido” o desesperanzador. Sin embargo, el entusiasmo, y cómo lo utilicemos, condicionará el éxito o el fracaso interior.

Díganme ustedes si el enamorado, o el entusiasmado, “se equivocan”: ¿En qué?, ¿desde qué punto de vista? En el misterio de la vida, el entusiasmo da sentido, nos orienta y conduce, nos lleva a vivir unas realidades que no experimentaríamos de otra manera. Si seguimos ese camino, y de una forma coherente para nosotros, aceptando contrariedades y superándolas, justamente utilizando la fuerza del entusiasmo, estaríamos en el caso de “aprender bien” y, desde luego que es posible que el “resultado” sea positivo (además del camino para alcanzarlo, que sería lo más importante), e incluso tan positivo que entre en la categoría de lo asombroso.


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