Podríamos terminar la pequeña historia del Concorde diciendo que el ciudadano occidental tendería a compartir ese sentimiento estético con alguien, quizás familia, que estuviera a su lado, mientras que el habitante de la tribu, atemorizado, podría salir corriendo al poblado para contar lo que ha visto; quizás, un grupo de adultos, volvieran armados con arcos y flechas, para matar a éste engendro, y, al ver que había desaparecido, lo celebrarían pensando que ha salido huyendo...
La Afectividad (E) y la Conducta (F) resultan generalmente una “unidad de reacción” ante nuestros pensamientos. Podemos decir, a semejanza de lo representado por nuestro surfista de la página de inicio (imagen para F), que nuestros comportamientos suelen estar “salpicados” por nuestras emociones, sentimientos o estados de ánimo, y viceversa. Si embargo, al poco que se analice y hagamos un sencillo ejercicio de introspección, nos resultará obvio que:
E > F
Alguien no se enfada (siente ira) porque grita o pega portazos, sino que grita o pega portazos porque está enfadado:
e > f
Una actitud psicológicamente sana supone expresar nuestras emociones, sentimientos o estados de ánimo, de una forma adecuada y en la medida necesaria. Puede suponer una determinada acción, hablar, o simplemente gesticular. Lo necesario como para darle salida a la energía emocional despertada por la percepción de algún hecho de la realidad. Dicha conducta produciría, a su vez, una influencia en la realidad, un nuevo estímulo (g), que es producto de la exteriorización de nuestra afectividad. Ésta influencia en el exterior es el punto final de la cadena y comienzo de la siguiente. G puede ser reforzante (dando “razón” a nuestros sentimientos), indiferente, o aversivo (motivo para replantearse nuestra reacción ante A)
Para que haya congruencia en una persona (coherencia, autenticidad), su mundo interior tiene que expresarse en el mundo exterior, en una forma e intensidad adecuadas:
e10 > f10 > g
¿Pero qué ocurre si nuestra emoción se retiene y no la expresamos? Ocurre que el organismo tiene que dar salida igualmente a ésta energía retenida, y el resultado es una somatización. Nuestro cuerpo expresa de alguna manera lo que hemos sentido (de una forma característica en cada persona), y no hemos tenido sobre el medio una influencia activa: la realidad se nos impone, poco más o menos como si no hubieran existido nuestros sentimientos…
e10 > G
Nuestro cuerpo siempre expresa cualquier actividad mental, aunque sean ideas carentes de connotaciones afectivas, lo que ocurre es que son muchas veces imperceptibles, y una persona que “fluye”, cuyo funcionamiento es pleno, vive la corporalidad como una unidad inseparable del “sí mismo”. Ella es su cuerpo y su cuerpo es ella.
La no expresión de un sentimiento puede deberse a muchas razones, una de las cuales es el interesante caso de no habernos dado cuenta del mismo cuando ocurrió, o de la intensidad con que nos afectó. Por ejemplo, estando muy ocupado en nuestro trabajo, alguien nos hace algún feo, o ha ocurrido alguna cosa a la que no le hayamos podido prestar mucha atención. Nuestro cuerpo registra el hecho en aquel mismo momento, y nos podemos encontrar, después de unos minutos, con un dolor de cabeza, o al cabo de unas horas, o a la mañana siguiente, con un dolor de garganta.
Si es un hecho psicosomático, que es en la mayoría de los casos, resulta reversible normalmente, y lo que nos ocurre corporalmente nos puede guiar hacia lo que pasó que nos hizo sentir mal. Aún tenemos, en el presente, una oportunidad de expresar aquello que no expresamos en el pasado. |