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El Apego

Las tres edades de la vida, La Maternidad (Gustav Klimt)

Es la inclinación o afecto preferencial hacia alguien (o algo), que se manifiesta normalmente en conductas destinadas a conseguir o mantener la proximidad a otra persona (considerada generalmente como más fuerte y/o sabia, en especial la madre), en un contacto sensorial privilegiado, en proporcionar seguridad (protección; favoreciendo la independencia y la adaptación al entorno) y apoyo emocional (en momentos emocionales como angustia, ansiedad, miedo, tristeza o culpa), y en la resistencia a la separación (que causa ansiedad).

Bases etológicas: Impronta, Experimentos con monos rhesus

Teoría del apego de John Bowlby

Fases del apego

Clasificación del apego

Apego seguro, Apego angustioso, Apego evitativo (Inhibidos, Cuidadores compulsivos, Complacientes compulsivos, Alexitímicos, Disémicos, Narcisistas, Disociales, Antisociales, Psicópatas), Apego desorganizado

Base segura

Condiciones favorables (Contención emocional), Condiciones adversas (Censura emocional, Chantaje emocional, Carencia en funciones psíquicas narcisistas (Especularidad paterna, Idealización paterna), Maltrato emocional, Mentir, Pérdidas, Separaciones...)

Modelos representativos (asimilación y acomodación): Estilos de apego en adultos


Los estudios de impronta de Konrad Lorenz

Konrad Lorenz (1903-1989, médico y zoólogo austríaco), Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1973, compartido con Karl von Frisch (1886-1982, zoólogo austríaco) y Nikolaas Tinbergen (1907-1988, etólogo y ornitólogo holandés), por sus descubrimientos sobre la organización y expresión de modelos de comportamiento individual y social en la Etología (los 3 se consideran los fundadores de la Etología: rama de la biología y de la psicología experimental que estudia el comportamiento de los animales en libertad o en condiciones de laboratorio), observó que las crias de pájaros nidífugos (aquellos que abandonan el nido al poco tiempo de salir del huevo), gansos y gallinas, seguían a sus madres de forma espontánea casi desde el primer día después de nacer (eclosionar), y descubrió que esta respuesta podía ser desencadenada por un estímulo arbitrario (por ejemplo, él mismo, si los huevos eran incubados artificialmente) presentado durante un período crítico que se extiende durante unos pocos días después de la eclosión.

Impronta (troquelado, impregnación)

Es un proceso de aprendizaje preprogramado (que involucra tanto el comportamiento innato como la experiencia, y es independiente del aprendizaje por condicionamiento) para un período delimitado del desarrollo (período crítico, o período sensible - si tiene una menor limitación temporal -), en el que el aprendizaje ha de tener lugar (se produce generalmente poco después del nacimiento), de carácter irreversible (no puede ser eliminado o modificado una vez que se ha establecido), que consiste en la asociación de cierta pauta conductual (es la ejecución de la conducta lo que activa el proceso de aprendizaje: los polluelos transportados pasivamente, siguiendo la llamada de la madre, no harían la impronta; de hecho, poner obstáculos para que el polluelo tenga que esforzarse para seguir a su progenitor, hace más rápido este proceso) con cierto contexto estimular (normalmente definido por la presencia de un estímulo-señal específico: acústico, visual, olfativo, etc., con una restricción en el aprendizaje para que el animal recuerde sólo ese estímulo e ignore otros que, a priori, parecerían más relevantes), y que fija el reconocimiento de los miembros de la misma especie y otros aspectos relacionados con conductas maduras.

Por ejemplo, la impronta de seguimiento (filial; los patitos están determinados biológicamente para seguir al primer objeto móvil que les produce la “llamada” acústica específica de su especie), de apareamiento (sexual), o de depredación.

Los procesos de impronta de distintas pautas conductuales son independientes entre sí:

- Pueden ser fijadas sobre objetos distintos. Por ejemplo, en diversas especies de gansos, las pautas conductuales dirigidas a los padres, así como determinados vínculos sociales duraderos, pueden fijarse fácilmente sobre el hombre (también sobre objetos, siempre y cuando se muevan y emitan el sonido apropiado), mientras que su comportamiento sexual sigue orientándose sin modificaciones hacia sus congéneres.

- Pueden tener diferentes períodos sensibles, y su sucesión temporal tampoco guarda relación alguna con la de la posterior maduración de estas pautas conductuales. Por ejemplo, en la grajilla, la posibilidad de impronta de reacciones sexuales es muy anterior a la de sus respuestas de seguimiento: la impronta sexual tiene lugar en un momento en que el polluelo aún carece casi por completo de plumas, está situado en el nido y no manifiesta conducta alguna respecto de sus congéneres, salvo el bostezo de solicitación, a pesar de lo cual se manifiesta sólo dos años después, mientras que la impronta de seguimiento se da poco antes de que el polluelo tome alas, y su efecto es visible a los pocos días.

Los períodos críticos o sensibles, que ocurren a menudo en etapas muy precoces del ciclo vital, afectan al desarrollo de, al menos, 4 aspectos:

1) Que la respuesta se desarrolle o no

La tendencia por parte de la cría de pato silvestre a seguir un objeto en movimiento, que es sensible en grado máximo hacia las 16 horas tras la incubación, no se desarrolla en absoluto si el patito no tiene ningún objeto al cual seguir durante sus primeras 40 horas (Weidmann, 1956).

2) La intensidad con la que se manifiesta más adelante

El comportamiento de almacenamiento de ratas adultas (tras unos cuantos días de frustración para alimentarse), que fueron sometidas, en una determinada edad durante la lactancia, a un período de alimentación intermitente, es más intenso (almacenan más bolitas de alimento) que en las ratas que no fueron frustradas durante la lactancia (Hunt, 1941).

3) La forma motora exacta que adopta

Algunas características del canto de los pinzones resultan de aprendizajes cuya adquisición está limitada a períodos especiales durante su primer año de vida (otras se desarrollan incluso en pinzones criados en condiciones de aislamiento), de forma que el canto que resultará es el que ejercitará durante el resto de su vida (Thorpe, 1956).

4) Los estímulos determinados que la activan o la concluyen

Los estímulos pueden ser generales al principio y restringidos más tarde, y este proceso de restricción se ha observado que puede limitarse también a un breve período del ciclo vital.

Al principio, una cría de oca seguirá a cualquier objeto en movimiento que se sitúe dentro de amplios límites de tamaño, pero al cabo de algunos días seguirá tan sólo a la clase de objetos a la cual está acostumbrada, ya se trate de la oca madre o de un ser humano, y lo hace, además, haya recibido o no alimentos o cuidados por parte del objeto (Lorenz, 1935).

El cordero huérfano, criado en la granja, y que se fija a los seres humanos, no establece posteriormente relación social con las ovejas.

La Etología, en cuanto estudia el desarrollo del comportamiento social (especialmente familiar) en especies inferiores, examina comportamientos análogos a los que interesan a la Psicología clínica. Cada especie, debido al proceso de selección natural, tiene un comportamiento característico, que implica un conjunto de patrones en gran medida heredados. Sin embargo, hay individuos en los que no se han desarrollado estas conductas, o han adoptado formas peculiares, lo que implica una influencia ambiental.

Llorar, mamar y sonreír son algunos de nuestros múltiples patrones prefijados innatamente, que representan seguridades proporcionadas por la naturaleza contra un simple abandono a los azares del aprendizaje. Los vínculos afectivos se desarrollan debido a que el bebé nace con una intensa tendencia (que se puede explicar satisfactoriamente en base a un instinto de supervivencia) a apegarse a ciertos estímulos, sobre todo relacionados con figuras familiares, y a evitar otros, sobre todo los extraños.


Los experimentos sobre el apego en monos rhesus, de Harry Harlow

Harry Harlow (1905-1981, psicólogo norteamericano) expone los resultados de sus primeros estudios sobre monos rhesus lactantes, criados con una madre sustituta artificial, en el artículo “La naturaleza del amor” (American Journal of Psychology 13, 1958). En uno de sus conocidos experimentos (tan interesantes como crueles) se colocaron 8 monos recién nacidos en jaulas individuales donde había 2 madres sustitutas con un cuerpo cilíndrico de tela metálica: una de ellas consistía sólo en ese armazón más una cabeza de madera con una cara inexpresiva (fría), y la otra estaba recubierta por un forro de tejido de felpa más una cabeza de madera con una cara expresiva (afectuosa). Cuatro de los monos tomaron su leche de una madre y los otros cuatro de la otra, leche que les era suministrada por un biberón cuya tetilla salía del “pecho” de la madre. Las dos madres resultaron ser fisiológicamente equivalentes (los monos de los dos grupos ingirieron la misma cantidad de leche y aumentaron de peso al mismo ritmo), pero muy diferentes psicológicamente:

- Los registros tomados automáticamente mostraron que ambos grupos de monos pasaban mucho más tiempo con las madres de felpa (trepando, aferrándose, o abrazándolas), que con las madres de alambre (aquellas que tenían biberón eran utilizadas por los monos sólo el tiempo preciso para procurarse el alimento). Estos resultados confirman la importancia del contacto corporal íntimo, y del confort inmediato que proporciona, en la formación del vínculo del niño con su madre, y contradicen la idea de que el apego es una respuesta que se aprende por asociación con la reducción del hambre y la sed.

- En una situación de estrés emocional ("Test del pánico"), las crias confrontadas con un objeto extraño preferían a la madre de felpa (independientemente de la madre de la que hubieran mamado): se abrazaban fuertemente a ella frotando su cuerpo contra el suyo, y, una vez aliviado su miedo con el contacto íntimo con la madre, se volvían para mirar el objeto, sin la más mínima inquietud; incluso, a veces, el mono abandonaba la protección de la madre y se acercaba al objeto que minutos antes le había inspirado terror.

- En una situación de espacio amplio con objetos extraños ("Test de campo abierto"), consistente en colocar al mono en una sala mucho mayor que su jaula acostumbrada, la respuesta seguía siendo invariable. La respuesta de pánico de la cría era la misma en ausencia de toda madre que con la presencia de la madre de alambre: correr con agitación a través de la habitación experimental, arrojarse al suelo cubriéndose el rostro, acurrucarse en un rincón con su cabeza y cuerpo encogido, y chillar de desesperación.

Algunos tests de control realizados con monos que desde el nacimiento sólo habían conocido a la madre de alambre, revelaron que esas crías, no sólo no mostraban ningún apego por ella ni derivaban seguridad alguna de su presencia, sino que este grupo de animales presentó los índices de emotividad más elevados de todos: típicamente se precipitaban hacia alguna pared o rincón de la habitación, se acurrucaban juntando sus cabezas con sus cuerpos y se balanceaban convulsivamente hacia adelante y hacia atrás; es interesante cómo estas actividades se parecen mucho a la conducta autista observada frecuentemente entre los niños tratados con indiferencia (por ejemplo, en los orfanatos).

Sin embargo, si la madre de felpa se hallaba en la habitación, la cría se dirigía precipitadamente hacia ella, trepaba sobre ella, se frotaba, y se aferraba con fuerza. Su temor entonces disminuía o desaparecía repentinamente. La cría empezaba a encaramarse sobre el cuerpo de su madre y a explorar y manipular su cara. Pronto se separaba de la madre y emprendía la exploración de la sala, convirtiendo los objetos en juguetes, volviendo de vez en cuando hacia la madre resultando confortada. En tanto la madre constituía una “base segura” de operaciones, las crías no tenían miedo y su conducta era positiva, exploratoria y juguetona.

Harlow investigó asimismo la influencia sobre el desarrollo del apego de la deprivación materna y del período crítico, separando cuatro crías de monos del resto, como grupo general de control, negándoles cualquier tipo de contacto con una madre sustituta o con otros monos. Tras unos 8 meses los colocaron en jaulas con acceso a los dos tipos de madres sustitutas. Al principio tenían miedo de ambas, pero al cabo de unos días empezaron a responder de una forma semejante a las restantes crías, aunque claramente con una preferencia menos marcada hacia la madre de felpa. Una indicación contundente del trastorno psicológico causado por la falta temprana de madre es que el grupo de monos con “cuidados maternos tempranos”, siendo deprivados de éstos a los 5 meses y medio, mostraron una pérdida de respuesta escasa o nula incluso tras 18 meses de separación. En algunos casos parecía que la ausencia de la madre de felpa les hubiera encariñado más con ella. En cambio, los monos huérfanos, criados con ambas madres desde los 8 meses, tras sólo 3 meses de separación perdieron toda la predisposición a la respuesta que habían adquirido tardíamente, no mostrando preferencia por ninguna de las dos madres...; por otra parte, en el Test de campo abierto obtuvieron mucha menos seguridad de las madres de felpa que las otras crías. El largo período de deprivación materna afectó claramente la capacidad de estas crías para desarrollar unas pautas de apego normales y plenas, incapacitándolas asímismo para formar un lazo afectivo duradero.


Teoría del apego de John Bowlby

John Bowlby (1907-1990, psicólogo, psiquiatra y psicoanalista inglés), a partir de sus observaciones clínicas, e inspirándose en los estudios de impronta de Konrad Lorenz, esboza su teoría en el artículo “La naturaleza del vínculo del niño con su madre” (International Journal of Psychoanalysis 39, 1958), de forma sincrónica e independiente a la publicación de Harry Harlow del mismo año. Hoy en día es el enfoque explicativo más aceptado de los vínculos afectivos. Muchas de las más intensas emociones surgen durante la formación, el mantenimiento, la ruptura y la renovación de las relaciones de apego: aquellas relacionadas con enamorarse, amar (odiar), experimentar el duelo por una separación o pérdida, las despedidas o los encuentros.

Los modelos conductistas (reducción del impulso por la comida, o refuerzo social interactivo positivo) son insuficientes para explicar el apego, como se manifiesta en los experimentos de Harlow, puesto que el niño también se apega a figuras familiares no implicadas activamente en su alimentación, el apego se desarrolla a pesar de repetidos castigos o de maltrato (en un estudio de Anna Freud y Dorothy Burlingham, 1942, se concluye que los niños se apegan incluso a madres que están continuamente de mal humor y a veces se comportan de manera cruel con ellos), y la relación de apego no se extingue a través del ciclo vital a pesar de la ausencia de la figura de apego.

Establecer vínculos afectivos estables con los progenitores o sustitutos (apegarse), es una necesidad primaria (no aprendida), tan relevante en la vida humana como la alimentación o la sexualidad. El establecimiento de un fuerte vínculo materno es vital para la supervivencia del bebé. Los niños que permanecen cerca de sus madres pueden recibir la alimentación y protección necesarios para adaptarse y sobrevivir al medio. Cuanta más experiencia de interacción social tenga un lactante con una determinada persona, tanto más probable es que se apegue a ella. Por esta razón, es principalmente a través de los cuidados que imparte la madre como un niño adquiere su principal figura de apego.

Lo normal es que haya más de una persona hacia la que se siente apego, en cuyo caso habrá, por lo general, un claro orden de preferencia (madre, padre, otros familiares, por ejemplo).

El apego es especialmente evidente durante la infancia, donde se expresa con la mirada, la sonrisa, echar los brazos, alegría al saludar, la llamada y el llanto (para llamar la atención, y que dan lugar a asistencia o cuidados), la intensa protesta (si el niño se queda solo o con personas extrañas), o la conducta de seguimiento (impronta). Con la edad va disminuyendo la intensidad con la que se manifiesta. Un apego persiste habitualmente en una gran parte de la vida, aunque durante la adolescencia los primitivos apegos pueden atenuarse y ser suplementados por otros nuevos, siendo en algunos casos sustituidos por ellos.

Entre las condiciones que activan el apego están la extrañeza frente al medio, el hambre, la enfermedad, la fatiga, la angustia, y cualquier acontecimiento que asuste. Las condiciones que ponen fin al comportamiento incluyen percepciones visuales, acústicas o táctiles (tocar, aferrarse, ser mecido), y especialmente una interacción feliz con la figura de apego. En cambio, cuando la figura materna está presente, o el niño sabe adónde va cuando se ausenta, éste cesa de mostrar el comportamiento de apego y en lugar de ello explora el medio ambiente. La ansiedad de separación sería una respuesta natural e inevitable, siempre que una figura a la que se está apegado esté inexplicablemente ausente.


Fases (génesis del apego)

El concepto etológico de período crítico ha sido ampliamente aplicado al desarrollo infantil, aludiendo a un tiempo limitado de la vida en que el ser humano está biológicamente preparado para determinados aprendizajes (apego, lengua materna, idiomas, etc.), a condición de recibir una estimulación apropiada del medio ambiente. El vínculo de apego se desarrolla fácilmente durante ese período crítico, pasado el cual puede llegar a ser imposible formar una verdadera relación íntima y emocional. Bowlby, al observar los problemas emocionales de los niños que se criaban en instituciones, encontró que éstos tenían una gran dificultad en formar y mantener relaciones cercanas, y atribuyó este problema a la carencia en estos niños de un fuerte apego con sus madres durante la infancia.

1) Fase asocial o de preapego (hasta los 2 meses)

El bebé acepta a cualquier persona que le proporcione comodidad. A través de la mirada, sonrisa y llanto, atrae la atención de otros seres humanos, tratando de provocar el contacto físico. Existe un reconocimiento sensorial rudimentario de la madre, prefiriendo la voz y el rostro de ésta a la de cualquier otro adulto, a pesar de no mostrar un vínculo de apego propiamente dicho.

2) Fase de apego indiscriminado o de constitución del apego (desde los 2 meses hasta los 7 meses)

El niño responde a su madre de forma más consistente que al resto de las personas: le sigue la mirada, sonríe, balbucea; sin embargo, a pesar de reconocerla perfectamente, no muestra ansiedad de separación respecto a ella. Lo que provoca su llanto no es la privación de la madre, sino la pérdida del contacto humano, como cuando lo dejan solo en una habitación, o en la cuna. En esta etapa es posible sustituir la figura de apego.

3) Fase de apego específico (desde los 7 meses hasta los 2 años)

El vínculo afectivo con la madre es muy fuerte y el niño siente gran ansiedad e ira cuando pierde el contacto con ella. Al principio de esta fase el bebé puede rechazar el contacto físico incluso con un familiar muy cercano, ya que lo único que desea, y lo que le calma, es estar en los brazos de su madre. La mayor parte de las acciones de los niños (andar a gatas, por ejemplo) tienen el objetivo de atraer la atención de la madre y una mayor presencia de ésta.

El comienzo de esta fase coincide con la aparición del miedo a los extraños, que suele desaparecer alrededor del año y medio. Si una persona desconocida se dirige a él de forma brusca (sorpresiva), para hacerle alguna gracia, es muy probable que se ponga a llorar. En este caso es adecuado acercarse a él sin alarmarse, cogerlo y calmarlo, y a continuación expresarle la proximidad que tenemos con el extraño (que podría ser un familiar o amigo), a través de gestos cariñosos. Sin embargo, esta respuesta no se daría si el extraño actúa de una forma suave y cariñosa, y en un contexto seguro para el bebé.

Los 2 años sería la edad en que el apego que surge del niño hacia la madre alcanza su pleno desarrollo (Anna Freud y Dorothy Burlingham, 1942), y ésta sería la edad mínima para llevar al niño a la guardería (ver Separaciones).

4) Fase de formación de relaciones recíprocas (desde los 2 años en adelante)

Junto al lenguaje, el niño adquiere la capacidad de representarse mentalmente a la madre, lo que le permite predecir su retorno cuando ésta se ausenta, decreciendo la ansiedad de separación. El niño entiende ya que las ausencias de la madre no son definitivas, y que regresará a casa. En esta fase los niños a los que su madre les explica el por qué de su ausencia, y el tiempo aproximado de la misma, suelen llorar mucho menos que los niños a los que no se les da ningún tipo de información.

El comportamiento de apego permanece rápidamente activable hasta cerca del final del tercer año de vida; si el desarrollo es sano, se va haciendo poco a poco menos fácilmente activable.

A partir de los 3 años, el niño despliega una serie de estrategias con las que intenta controlar la interacción con su madre, “obligándola” en determinados momentos a pactar las entradas y salidas del hogar.

El final de estas 4 fases supone un vínculo afectivo sólido entre madre e hijo, que no necesita de un contacto físico ni de una búsqueda permanente por parte del niño, ya que éste siente la seguridad de que su madre responderá en los momentos en los que la necesite.


Clasificación (tipos de apego)

Mary Ainsworth (1913-1999, psicóloga del desarrollo estadounidense) y Silvia Bell, de la Universidad Johns Hopkins, idearon un procedimiento experimental llamado “La Situación Extraña” (“Apego, exploración y separación: Ilustrados por la conducta de niños de 1 año en una situación extraña”, Child Development, vol. 41, pag. 49-67, 1970) para observar las relaciones de apego entre los progenitores (cuidadores) y su hijo, mientras éste juega, a lo largo de unos 21 min y en 8 episodios (el primero de 30 s, el resto de unos 3 min): entrada en la sala experimental y actitud pasiva del progenitor mientras el niño explora (1, 2), se agrega un extraño (3), se producen dos separaciones (en 4 y 7 el niño está con un extraño, en 6 está solo) y dos reencuentros (en 5 y 8 está con el progenitor). Se trata de observar 4 aspectos del comportamiento infantil: el grado de exploración (por ejemplo, jugar con nuevos juguetes) que exhibe el niño, la reacción a las separaciones, la ansiedad ante el extraño, y la conducta del niño en los reencuentros. En base a las observaciones en esta situación experimental, Ainsworth aportó una clasificación de los tipos de apego, que ampliaba las aportaciones de Bowlby.

Apego seguro

Se da en el 65% de los bebés. Los bebés con este tipo de apego exploran activamente el entorno en presencia de la figura de apego. En ausencia del progenitor la exploración decae y es evidente la ansiedad de separación (inquietud). Cuando regresa, muestra señales de alegría y lo saluda con afecto; podrá buscar el contacto físico durante unos instantes para luego continuar jugando. Estos bebés lloran poco y son sociables con extraños mientras la madre está presente.

Estos niños han adquirido unos modelos internos básicos (de los demás y de sí mismos) positivos. Sus padres les proporcionaron una base segura: fueron emocionalmente accesibles, sensibles y protectores, atendiendo al niño cuando lo necesitaba. Mary Ainsworth y Silvia Bell reaccionaron contra la pediatría oficial que aconsejaba a las madres no “malcriar” a los bebés cogiéndolos en brazos en exceso, respondiendo automáticamente a sus llantos o dándoles de comer fuera de un horario fijo: la norma debe ser coger en brazos al bebé y la lactancia a demanda.

A lo largo de la vida aumentará la curiosidad, la exploración, las relaciones con los compañeros, el juego, y la solución de problemas. Son personas con amplias posibilidades de desarrollo social e intelectual, tolerantes, y con una seguridad interior que les permite establecer relaciones afectivas satisfactorias, así como separarse (desvincularse) de una forma no traumática.

Apego angustioso (ambivalente, resistente)

Se da en un 10% de los bebés. Estos bebés se mantienen cerca de la figura de apego y exploran muy poco o nada, mientras ella está presente. Tienen una intensa ansiedad de separación (miedo constante a perderla) y cuando se marcha se aferran a ella y protestan intensamente. Sin embargo, cuando regresa la madre, su reacción es ambivalente: permanece en su cercanía, pero pueden resistirse al contacto físico con ella mostrándose molestos por el abandono, y se consuelan difícilmente. Se muestran sumamente cautelosos con los extraños, aún en presencia de la figura de apego.

Los padres de estos niños tienen una actitud ambivalente (contradictoria): accesibles, sensibles y cálidos en algunas ocasiones, e inaccesibles, fríos e insensibles en otras, lo que se explica por la influencia del estado anímico y el grado de estrés propio, que les impide centrarse en el niño. En general, la disponibilidad de la madre es escasa o inestable. Ante la actitud de exploración del niño la madre tiende a intervenir, interfiriendo así su exploración y propiciando la dependencia. Puede haber amenazas recurrentes de abandono, separaciones (por ejemplo, hospitalizaciones, internamiento en orfanatos), abandonos o pérdidas. Esta constelación de condiciones adversas producen inseguridad interior en el niño.

El niño puede convertir su dependencia en estrategia relacional, acentuándola para conseguir la atención paternal, lo que acentúa su inmadurez. Así, un rasgo emocional que desde el punto de vista biológico pudiera interpretarse como adaptativo (por mantener la proximidad de la figura de apego), a nivel psicológico resulta pernicioso, ya que impide al niño desarrollar sus tareas evolutivas. De estos niños, a los que les cuesta “despegarse de las faldas de su madre”, se suele decir que son excesivamente “mimados” y que son criados muy “consentidos”, lo cual está muy lejos de la realidad emocional del niño.

El sentimiento constante del niño de no sentirse lo suficientemente querido, agradable para el otro, influye negativamente en su autoestima, autoconcepto (tienen una imagen negativa de sí mismos) y también en la visión del mundo.

Según Crittenden y Brandon et ál., 1999, estos niños, en especial a partir de los 3 años, con el comienzo de la escuela, comienzan a desarrollar “estrategias coercitivas” que les permiten obtener algún dominio sobre su mundo social (llamando la atención e involucrando a los padres el máximo tiempo posible), tales como: conductas manipuladoras de tipo activo (amenazas, enfados - fingir “desesperación” -, agresiones, castigos, centradas en controlar al adulto; por ejemplo, el niño hiperactivo), pasivo (quejas físicas que expresan indefensión, centradas en provocar cuidado y protección; por ejemplo, el niño hipocondríaco), o intermedias (conductas seductoras, que se observan especialmente en las niñas).

Son personas inseguras, moralmente escrupulosas, o cargadas de sentimientos de culpa. Cualquier conducta ambivalente o poco clara de los otros se vive como un rechazo total. Necesitan continuas muestras de afecto, su modelo mental no incluye una idea interiorizada del otro como alguien estable y disponible.

Sienten un intenso anhelo inconsciente de amor y apoyo, que puede expresarse en trastornos o conductas antinaturales que provocan ayuda y cuidado: agorafobia, síntomas de conversión, hipocondría, tentativas simuladas de suicidio, etc. Tienen un resentimiento, en gran parte inconsciente, hacia sus padres, que se expresa habitualmente en una dirección desviada hacia alguien más débil (la esposa o el hijo, por ejemplo).

En estos niños (y padres) es característica la personalidad fóbica. La mayoría de los casos de fobia escolar y agorafobia se generan probablemente así. En las fobias escolares, el coercitivo activo se desequilibra (con un ataque de pánico, por ejemplo) cuando experimenta que no tiene control sobre el profesor (lo cual podrá suceder en los días siguientes a su entrada al colegio), mientras que el coercitivo pasivo se desequilibra en cuanto los padres lo dejan solo (el primer día de colegio).

Apego evitativo (evasivo, desapego)

Se da en un 20% de los bebés. Son bebés que se muestran independientes en la situación extraña: exploran e inspeccionan los juguetes desde el primer momento, sin utilizar a su madre como base de apoyo, ya que la ignoran (no la miraban para comprobar su presencia), muestran poco malestar (escasa o nula ansiedad ante la separación) cuando son separados de la figura de apego, no lloran, y generalmente rehuyen de ella (evitan el contacto físico) cuando regresa, aunque ésta trate de ganar su atención. Se mostraban inseguros, y en algunos casos muy preocupados, por la proximidad de la madre, lloraban incluso en sus brazos. Su desapego era semejante al mostrado por los niños que habían experimentado separaciones dolorosas. Suelen ser sociables con los extraños pero pueden ignorarlos de la misma forma en que evitan a su figura de apego cuando regresa.

La interpretación de Ainsworth es que cuando estos niños entraban en la situación extraña comprendían que no podían contar con el apoyo de su madre y reaccionaban de forma defensiva, adoptando una postura de indiferencia (anestesia emocional). Como habían sufrido muchos rechazos en el pasado, intentaban negar la necesidad que tenían de su madre para evitar frustraciones. Así, cuando la madre regresaba a la habitación, ellos renunciaban a mirarla, negando cualquier tipo de sentimientos hacia ella.

Los padres de estos niños son insensibles a sus necesidades, indiferentes, poco pacientes, intolerantes, rechazantes o maltratadores, de una forma reiterada y contínua. Sólo tienen una actitud aceptante cuando los niños están contentos y no tienen problemas. El niño se defiende con desapego: evita apegarse para no ser herido.

El niño evitante aprende que las explicaciones proveen de bases predictivas para relacionarse con sus padres; aprenden a depender de la cognición para regular su comportamiento y defenderse de los afectos. Aprenden a confiar en que ellos son los únicos que pueden afrontar su sufrimiento emocional, sin pedir nada a nadie. En contraste no tienen confianza en sus habilidades interpersonales.

Estos niños tienen una representación interna básica (modelo interno básico) sobre sí mismos de no ser aceptados y de ser indignos (no merecedores de afecto).

Este tipo de apego genera una autoconfianza compulsiva (personas autosuficientes):

- En vez de buscar el cariño y el cuidado de otros, mantienen una actitud de sujeto "duro", sean cuales sean las condiciones, a lo que subyace una desconfianza básica en los demás (incluyendo sus relaciones íntimas), a la vez que un intenso anhelo inexpresado de amor y apoyo, junto a resentimiento hacia los padres (que se dirige contra otros más débiles).

- Tienden a afrontar las situaciones estresantes negándolas (quitandole importancia; estrategia de escape/evitación) e inhibiendo la expresión de emociones negativas, lo cual implica una ansiedad no expresada, vulnerabilidad ante el estrés (tienden a hundirse), tendencia a somatizar, y predisposición a la depresión.

Hay diferentes personalidades en los desapegados:

Inhibidos

Niños aislados, que no hablan. Evitan el contacto con unos padres rechazantes y evitan expresar sus necesidades y emociones. Desde los primeros años de vida hasta los tres años (período en que el niño es muy concreto), presentan una conducta de retirada pasiva, y concretamente mantienen una distancia física, reduciendo la cantidad de rechazos paternos. Después de los tres años, el niño adopta respecto a los padres la evitación emocional: estando con ellos evita expresar y compartir emociones, no se compromete en ninguna situación de intimidad y, para evitar rechazos, expresa que todo está perfecto.

Cuidadores compulsivos

Son niños que se responsabilizan de interesar a unos padres indiferentes, de estimularlos para que se sientan motivados a interactuar (jugar), y que se hacen cargo de ellos con atenciones y cuidados físicos. Sienten que se tienen que merecer la atención de los demás. Es un niño que puede ser muy brillante, lo que encubre la angustia y la soledad que siente. Muchas veces pueden ser niños hiperactivos, pero, a diferencia de los ambivalentes, lo son lejos de los padres y nunca en presencia de ellos. Esta hiperactividad distrae al niño de su necesidad de estar cerca de los padres.

Es típico en la niñez la presencia de una madre que, a causa de depresión o alguna otra incapacidad, no podía cuidar de su hijo, y, en lugar de ello, deseaba que se la cuidase, y que quizás solicitaba también ayuda para atender a los hermanos pequeños. Así pues, desde su temprana infancia, la persona que se desarrolla de este modo ha visto que el único vínculo afectivo disponible es un rol en el que ha de hacer siempre de cuidador y que el único cuidado que puede recibir es el que se imparta a sí mismo. Los niños que se crían en instituciones a veces se desarrollan de este modo.

Una persona con esta actitud, relacionada con la autoconfianza compulsiva, puede establecer muchas relaciones íntimas, pero siempre con el rol de prestar cuidados, incluso respecto a personas que ni buscan ayuda, ni la necesitan, ni la desean, ni la agradecen.

También aquí hay mucho anhelo latente de amor y cuidados, gran ansiedad y sentimiento de culpa de expresar estas necesidades, y mucho rencor latente hacia los padres.

En inhibidos y cuidadores compulsivos, la actitud de los padres, asociada a la pérdida, produce en el niño un fondo emocional de tristeza, por lo que es característica la personalidad depresiva

Complacientes compulsivos

No expresan nunca lo que sienten verdaderamente. Siempre están de acuerdo con unos padres exigentes (críticos), que le impiden ser un niño feliz (lo obligan a actuar como si fuera mucho mayor de lo que es) y en todo momento intentan corresponder a sus expectativas de perfección (única posibilidad de ser aceptados por ellos y de configurar una relación afectiva viable y estable), hasta tal punto que la percepción de si mismo (identidad) se construye y es aceptable en función de los deseos de los padres. Para este niño, no cumplir con los deseos paternos implica ser abandonado por ellos. De adulto tiene un sentido de sí mismo estable y aceptable en la medida en que sienta que corresponde a las expectativas de los demás.

En cuidadores compulsivos y complacientes compulsivos, ambos con componente coercitivo, se da la personalidad obsesiva. En las rumiaciones obsesivas son típicas las imágenes intrusivas (matar, herir, violar, blasfemar, etc.), que hacen explícitas a una persona de confianza, para que ésta de alguna manera lo calme, y así no sentirlas tan amenazantes (pueden llegar a quitarle el sueño). Lo cual es un comportamiento coercitivo fuerte, no diferenciable del que presenta un fóbico con un infarto. Ambos comprometen al otro a un esfuerzo de atención y paciencia.

En complacientes compulsivos puros se da la personalidad dápica (DAP, Organización de Significado Personal de los Desórdenes Alimentarios Psicogénicos: anorexia, bulimia, obesidad), así como en aquellos con componente coercitivo (que se puede observar en su forma activa en la anorexia, con una pronunciada actitud agresiva, y en su forma pasiva en la obesidad).

En la organización dápica el niño desde pequeño es perjudicado por su familia en el desarrollo de su individualidad: se le imponen pensamientos y emociones en función del deseo de los padres, sin reconocer los del niño. El vínculo familiar está lleno de ambigüedad: las emociones nunca se expresan directamente, para el niño es difícil percibir cuándo es querido o cuando no. La familia dápica es la familia en la que la imagen es más importante que la persona, no importa lo que el niño sienta, sino cómo se ve el niño. La intención de la madre es que el niño sea perfecto, pero él mismo desconoce su intención, lo que siente es que su experiencia no es la verdadera: por ejemplo, el niño puede pensar que se aburre en la casa de la abuela, pero de acuerdo a lo que su madre le dice, todos los niños que visitan a la abuela son felices y él no se da cuenta que esta feliz porque es un niño... Lo que surge de estas vivencias es que el niño nunca está seguro de lo que está percibiendo, pensando y sintiendo: eso lo saben los demás. Su sentido de sí mismo es difuso, oscilante y dependiente del juicio y la expectativa del otro: en cada instante, el individuo dápico se forma una imagen precisa y definida de sí mismo de acuerdo a las conductas y actitudes de los otros hacia él, y su intención será siempre proyectar una imagen coherente con las expectativas de los demás. Lo que sí acabará interiorizando es que el objeto del afecto de sus padres es la imagen que ellos quieren de él. Estas personas necesitan ser confirmadas por los otros y tienen una deficiente capacidad para asimilar la crítica ajena: sólo le gusta realizar lo que sabe que va a ser reconocido. El dápico quiere ser feliz, buscando quedar bien con todos y que todos lo reconozcan y feliciten, viviendo así en una burbuja artificial de plenitudpegados:

Alexitímicos, Disémicos, Narcisistas

En ellos se acentúa la desvinculación afectiva.

Disociales, Antisociales, Psicópatas

Son los casos más extremos de apego evitativo, muy asociados al apego desorganizado, donde hay severas carencias afectivas durante los primeros años de vida (prolongada privación de cariño materno, maltrato de los progenitores o padres adoptivos, etc.) y una desestructuración donde se pueden presentar, a la vez, una severa disciplina, excesiva permisividad y una manifiesta negligencia. Hay una falta de figuras de apego gratificantes y protectoras, con las que poder identificarse. El resultado es un indivíduo emocionalmente frío y falto de apego, incapaz de mantener un vínculo afectivo estable. Ver Apego seguro, Base segura, Funciones psíquicas narcisistas e Identificación


Apego desorganizado
desorientado (Mary Main y Judith Solomon, 1986)

Se da en un 5% de los bebés. Es una combinación de los patrones de apego ambivalente y evitativo, y considerado el apego más dañino. Muestran una mayor inseguridad. Tras la separación muestran conductas confusas y desorganizadas. Cuando vuelve el progenitor, puede mostrarse confuso permaneciendo inmóvil o acercarse para luego alejarse de forma abrupta a medida que la figura de apego se aproxima.

Se ha observado en niños que han experimentado protección y también negligencia, rechazo y maltratos físicos y psicológicos (por ejemplo, amenazas de abandono), desarrollando frente a la figura de apego vinculación, indefensión, angustia y miedo. Son frecuentes las situaciones de institucionalización o cambios de hogar (familias de acogida). Este estilo de apego es el más asociado al maltrato infantil: el 80% de estos niños sufre maltrato severo en su hogar (Jorge Baraudy y Maryorie Dantagnan, 2005).

Estos niños tendrán muchas dificultades para respetar las normas escolares y la autoridad de los profesores, presentan trastornos importantes del comportamiento (faltan al respecto, amenazan y agreden verbal o físicamente), y terminan estigmatizados como problemáticos, “agresores” o “matones”. Lo más probable es que perciba el maltrato como algo natural y aprenda que la violencia es una forma válida de relacionarse con los demás y de resolver problemas. También pueden presentar comportamientos de excesiva inhibición y aislamiento y sentir que son rechazados por el grupo. Su rendimiento académico es pobre y es frecuente el fracaso escolar: las funciones cognitivas asociadas a la capacidad de aprendizaje (atención, percepción, memoria, pensamiento, control de impulsos) han sido afectadas severamente como consecuencia de los traumas vividos.

Los padres presentan problemas emocionales graves e incompetencia severa como cuidadores, producto de experiencias traumáticas en su infancia, tales como haber sido víctima de negligencias, abandono, maltrato o abusos sexuales. Muchos de estos padres presentan un trastorno mental crónico, o son alcohólicos o toxicómanos.

Según Donald Winnicott (1896-1971, pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés) en “El proceso de maduración y las facilitaciones del medio”, 1965, los individuos que carecieron de un apego seguro desarrollan un “falso sí mismo”. Ayudar a una persona así a descubrir su “auténtico sí mismo” supone ayudarle a reconocer y dejarse poseer por el anhelo de amor y cuidados, y por su ira contra aquellos que en su infancia no se lo dieron. En estos casos puede ser necesario un largo periodo de tratamiento.

Los acontecimientos vitales que son especialmente estresantes para los individuos que han desarrollado un comportamiento de apego según alguna de las anteriores líneas, son alguna forma de pérdida o separación de alguien por el que sientan apego o que quieran; por ejemplo, una enfermedad grave (que intensifica la ansiedad y quizás el sentimiento de culpa) o la muerte (que lleva a depresión o angustia).

El duelo por una muerte o una separación es probable que adopte un curso patológico, desarrollándose fácilmente depresiones. Por ejemplo, en el apego angustioso, angustia insólitamente intensa y/o autorreproches, con depresión, y persistir mucho más tiempo de lo normal; en el apego evitativo (autoconfianza compulsiva), el duelo puede demorarse durante meses o años, con tensión interna e irritabilidad habituales, y posibles depresiones episódicas (con frecuencia al cabo de tanto tiempo que se pierde de vista la conexión causal con la muerte o la separación).

También suelen encontrar ciertas dificultades típicas cuando se casan y tienen hijos:

- Constantes exigencias de amor y cuidados, o preocupación compulsiva por cuidar (referidas al cónyuge o al hijo). Estas asfixiantes relaciones "simbióticas", condicionadas por una historia de precariedad afectiva, no se caracterizan (a diferencia del reino animal o vegetal) por un beneficio mutuo, ya que suponen adaptaciones psicológicamente insanas. Resulta asímismo equívoco hablar de un niño "hiperprotegido", ya que la sobreprotección es adaptativamente contraproducente, y no se suelen reconocer las insistentes exigencias de afecto que el progenitor está planteando al hijo.

- Considerar y tratar al hijo como si fuese un hermano, dando lugar, por ejemplo, a celos del padre hacia el hijo, por las atenciones que recibe de la madre.

- Percibir al hijo (o al cónyuge) como una réplica de sí mismo, en especial de los aspectos de sí mismo que se ha empeñado en suprimir, y que aspira a evitar también en su hijo. Es posible que utilice los mismos métodos de disciplina a los que él mismo fue sometido de niño (castigos más o menos violentos, censuras y sarcasmos o culpabilizar), y que dieron lugar a que surgieran en su vida los problemas que ahora está tratando de prevenir o solucionar en el hijo.

Cada uno puede dar a los demás lo que a él le dieron. Adoptar respecto a nosotros mismos, o con los demás, las mismas actitudes y comportamientos que tuvieron nuestros padres, que supone estar identificados con ellos, se produce fundamentalmente a través de un aprendizaje por observación (aprendizaje vicario o social, modelado, imitación), que no difiere de aquellos que dan lugar a formas complejas de comportamientos útiles.


Base segura

Sensación estable de protección y apoyo que proveen personas en las que se confía y que imparten cuidados actuales o potenciales (a las que se puede volver, sobre todo cuando se está angustiado, cansado o se tiene miedo; especialmente la madre para un hijo), que estimula la curiosidad, la exploración (en los individuos sanos se alternan normalmente el comportamiento de apego y el exploratorio) y el conocimiento del entorno, la adaptación al medio y la independencia, y que es el origen del sentimiento de seguridad interior. La base segura ideal estaría asociada a un apego seguro ideal: condiciones que difícilmente se producen en la realidad.

En estudios con lactantes se observa cómo utilizan a la madre como base de sus exploraciones. Además, existe una clara relación entre la forma en que se comporta un niño de 12 meses con su madre y sin ella en el hogar, y el modo en que se comporta con y sin su madre en una situación extraña. A partir de su observación es posible predecir si desarrollarán una autoconfianza estable, combinada con confianza en los demás. La actitud de los niños tiene relación con la actitud de las madres respecto a su asistencia. Las madres de los niños más sanos puntúan alto en las escalas de aceptación, cooperación y accesibilidad.

Se puede hablar de dos funciones básicas para un padre (lo cual se puede aplicar también a la función de un psicoterapeuta): proporcionar una base segura y favorecer la independencia. A lo largo de la vida, es probable que una persona muestre el mismo patrón de comportamiento que se observa en la infancia, apartándose progresivamente de aquellos que ama, espacial y temporalmente, pero manteniendo siempre contacto y volviendo antes o después a ellos. La base a partir de la cual opera un adulto será probablemente su familia de origen o cualquier otra base que haya creado por sí mismo. Todo aquel que carezca de una base así, se sentirá desarraigado e intensamente solo.

El comportamiento de los padres y de cualquiera que asuma el papel de impartir cuidados (importante consideración para un psicoterapeuta), es complementario de la conducta de apego, y tiene una importancia capital. Los roles del cuidador consisten primeramente en estar a disposición del que precise sus cuidados y responder a sus necesidades en este sentido, y, en segundo lugar, intervenir juiciosamente cuando el niño o la persona mayor que está siendo cuidada sea motivo de perturbación. Está demostrado que el modo como lo desempeñen los padres determina en alto grado que la persona crezca mentalmente sana. En este sentido, alteraciones de la personalidad serían, por ejemplo: una ansiosa tendencia a aferrarse, exigencias excesivas o demasiado intensas, apartamiento no comprometido e independencia desafiante.

Estudios de individuos que se admitía poseían personalidades sanas (por ejemplo astronautas), han dado una serie de características comunes: iniciativa, confianza en sí mismo, capacidad tanto para buscar ayuda, como para hacer uso de ella, han sido criados en familias estrechamente unidas, integradas en una red social estable, consideraban a sus padres cariñosos y generosos, y se habían identificado intensamente con ellos, y en la infancia se habían sentido seguros ante cualquier cosa. En las familias de estas personas se fomenta la autonomía (exploración), pero no se fuerza. Cada etapa sigue a la anterior, dentro de una serie de fáciles estadios. Los vínculos con el hogar podrán atenuarse, pero jamás se rompen.

Condiciones favorables
(actitudes parentales benéficas)

La lactancia y la infancia son fundamentales en el desarrollo afectivo, y en la constitución de la personalidad en general. Es de vital importancia una relación estable y permanente con una madre amorosa (o sustituto) durante estas primeras etapas de la vida.

Es necesario esperar a un cierto nivel de maduración antes del destete (sin que exista ningún límite de tiempo concreto para la lactancia materna exclusiva - imprescindible durante los 6 primeros meses según la OMS -, para la alimentación complementaria, y para el destete completo - a partir de los dos primeros años la lactancia materna debería mantenerse hasta que el niño o la madre decidan, situándose el final de la franja natural de lactancia, según estudios antropológicos, en los 7 años -) o el aprendizaje para el control de esfínteres (en el margen de 18 meses a 3 años, los niños generalmente están preparados, siendo más precoces las niñas), así como para otros aspectos educativos.

La ambivalencia (el conflicto amor-odio) es una característica del psiquismo humano. La capacidad de sentir culpa es una necesaria característica en la personalidad sana, e implica la aceptación de la ambivalencia. Un aspecto de una correcta crianza y educación de los hijos sería facilitarles regular su ambivalencia y experimentar un sano sentimiento de culpa. La incapacidad para enfrentar el miedo y el sentimiento de culpa, que proceden del conflicto de ambivalencia, fundamentan muchos trastornos psíquicos y caracterológicos (como la delincuencia crónica).

El niño tiende a expresar, de forma espontánea, sus sentimientos de odio y celos. La actitud adecuada de los padres sería, “simplemente”, aceptarlos. Tolerando sus descargas de odio les mostramos que no nos asusta y que estamos seguros de que puede ser controlado; le proporcionamos la atmósfera de contención emocional (seguridad de que el vínculo afectivo permanece constante, de sentirse protegido y querido, a pesar de la ambivalencia emocional del niño y de los límites, predecibles y razonables, que se le imponen a su comportamiento) en la que puede desarrollarse el autocontrol. Cuando un niño pequeño carece de confianza para controlar sus impulsos agresivos, al haber carecido de una sensación de contención paterna, surgen mecanismos de defensa para enfrentar el conflicto (represión, desplazamiento, proyección, etc.). Muchas de las dificultades de los padres proceden de su incapacidad para regular su propia ambivalencia.

Muchos padres piensan, en cambio, que lo correcto es inculcar a los hijos que el odio y los celos son, además de dañinos, potencialmente peligrosos, y, para este fin, es corriente el empleo de dos métodos perjudiciales (ambos tienden a crear personalidades difíciles), que provocarán que el niño se sienta temeroso y culpable, que reprima sus sentimientos, y por tanto le resulte más difícil obtener un control sobre los mismos: el castigo y la culpa (ver más adelante).

Los niños necesitan amor, seguridad y tolerancia, lo que no implica que no se les deba frustrar en absoluto. La clave está en que hay frustraciones que deben evitarse (las relativas a la necesidad que tiene el niño de amor y cuidado por parte de sus padres), frente a otras que son inevitables (y menos importantes). Una de las habilidades que tienen los buenos padres es saber diferenciar ambos aspectos. Una intervención firme, pero serena, cuando deseamos que el niño deje de hacer algo, crea menos conflicto que un castigo, y es más efectivo a la larga.

Si el trasfondo general de sentimientos y relaciones es bueno, la eventual descarga verbal de cólera, o su puntual expresión física (azote, bofetada), no serán en modo alguno traumáticas. En estas expresiones espontáneas de sentimientos (seguidas, quizás, de excusas, si nos hemos “pasado”) no existe el matiz de “lo que está bien y lo que está mal”, implícito en el castigo. Es un buen consejo no pegar nunca a un niño, “excepto” cuando uno está airado. Es oportuno señalar aquí que la pusilánime y vacía actitud actual que dramatiza el hecho de “pegar a un niño” (como si se tratara poco menos que de una conducta diabólica que no admite grados ni matices), asimilándolo a “maltratarlo”, oculta desgraciadamente un silenciado drama diario en la vida de muchos niños, cuyos padres no entienden que lo que más necesitan sus hijos es su presencia, y que ésta presencia les provea de una atmósfera de amor, seguridad y tolerancia: “No pegar nunca” no es dar algo. En algún caso, criminalizar a un profesor por darle una bofetada a un niño, quizás se convierta inconscientemente en una forma de expiar la culpa por la desatención física y emocional hacia su hijo.

Importa no sólo lo que hacemos, sino cómo lo hacemos (nuestra actitud): probablemente la alimentación regida por la autodemanda del niño (los lactantes y los niños pueden regular sus propias dietas), efectuada por una madre angustiada y ambivalente, dará lugar a muchos más problemas que una rutina regulada por el reloj, en el caso de una madre feliz; lo mismo se puede decir de los métodos de aprendizaje del aseo. Aparte de la comprensión intelectual, la asistencia adecuada al niño depende de la sensibilidad que muestran los padres a las respuestas de su hijo, y de su habilidad para adaptarse intuitivamente a sus necesidades.

Los errores de los padres son tanto producto de la ignorancia, como de problemas emocionales inconscientes originados en su propia infancia.

Condiciones adversas (actitudes parentales dañinas)

El siguiente conjunto de actitudes paternas (familiares) tienen como denominador común la falta de apoyo (contención emocional) y la ausencia de calidez o sensibilidad. La repetición constante de las mismas contribuye al desarrollo de inseguridad, falta de autoestima y trastornos de personalidad.

Abandono (negligencia)

No satisfacer las necesidades básicas del niño: físicas, cognitivas (estimulación intelectual, educación) o emocionales.

Abuso físico

Es expresión de la violencia psíquica del progenitor; especialmente grave si no tienen carácter de castigo, al carecer de sentido.

Abuso sexual

La psicoterapia revela la importancia del silenciado abuso sexual dentro de la familia, que determina muy diferentes problemas emocionales.

Alianzas

Utilizar al hijo en contra del otro progenitor en conflictos de pareja.

Actitudes autorreferenciales

Por ejemplo, un niño se queja de que le duele la rodilla y la madre se centra en hablarle de todos sus achaques físicos.

Avergonzar

“Pero si parecía una mosquita muerta” (un familiar sorprendiendo a un niño “robando” chocolate).

Castigos

La expresión violenta de desaprobación da lugar a rebeldes. Si los castigos son muy severos, puede originar delincuentes.

Censura emocional

No permitir que los hijos expresen emociones, especialmente "negativas", o presionarlos para que expresen emociones "positivas" (Las emociones no son ni positvas ni negativas en sí mismas, sólo son una expresión de la Conciencia). Por ejemplo, identificar ira u odio con “maldad”: “Eso no es de ser un niño bueno” (cuando el niño está teniendo una pataleta), “Eso no se dice, eso es algo malo” (ante una espontánea verbalización del niño: “Te odio mamá”).

Chantaje emocional

Manipular emocionalmente al niño, comunmente con amenazas (coacciones), para conseguir algo de él, impidiendo que actúe libremente. Se “moldea” la conducta del niño a costa de insidiosas consecuencias emocionales. Las “emociones diana” del manipulador pueden ser una sola, o una combinación de ellas:

Celos: “Si te sigues portando tan mal, vamos a querer a tu hermano más que a ti”.

Culpa: “Me hace sentir muy mal que hagas eso, hasta se me encoje el corazón” (victimismo).

Envidia: “Mira que fantástico coche le han comprado a tu amigo, sólo por ser obediente con sus padres”.

Miedo: “Si no te acuestas, voy a sacar la correa”.

Vergüenza: “Cariño, ponte a recoger los juguetes, o ven aquí y nos cantas a todos esa canción que te sabes tan bien del colegio”.

Culpa y miedo: “Como sigas así, voy a caer enferma”, “Si no dejas de llorar, me voy de la casa y te dejo solo”, “Niño, por lo que más quieras, ponte a hacer los deberes, o me tiro por la ventana”.

Comparaciones desfavorables

“Tu hermano hace los deberes solo”.

Culpabilizar

Mostrarle lo ingrato y desagradecido que es, da lugar a neuróticos cargados de sentimientos de ansiedad y culpa.

El victimismo (tendencia a considerarse víctima o hacerse pasar por tal) es una de las formas de generar culpa: “No me quieres” (sin cuestionarse sus propios sentimientos).

Desanimar

“Te vas a orinar encima toda la vida” (a un niño con enuresis).

Desatención

No responder a las necesidades del hijo, expresadas por él o no. Por ejemplo, invalidando la petición infantil de apoyo y comprensión: “¿Pero no ves que no pasa nada?” (un padre a un niño asustado).

Desinterés

De forma que el niño no se sienta valorado en lo que hace o dice.

Discriminación

El caso más normal es respecto a otros hijos: "Mamá, a mi también me gustan los yogures. No se puede, tu come pan con chocolate" (por razón de estrechez económica, siendo la mayor de las niñas), "Tu no puedes, tu no" (una madre apartando a su hija de trece meses, que pide tomar el pecho también, igual que su hermano recién nacido; dándose la circunstancia de no haber recibido lactancia materna ella).

Doble vínculo

“Diviértete con tus amigos y sé feliz, pero cuando me dejas sola me siento muy triste y se me quitan las ganas de vivir”.

Exigencia excesiva

Por ejemplo, presión para el éxito.

Explotación

Trabajo infantil, explotación sexual, tráfico de órganos, experimentación, etc.

Carencia en funciones psíquicas narcisistas

Especularidad paterna

Cuando los niños no reciben atención, aprobación, admiración, elogios, petición de perdón (de los padres al niño) y reconocimiento (gratitud) de sus figuras paternas. Ver Función especular

Idealización paterna

Cuando los niños carecen de figuras paternas a quien poder idealizar, y no los admiran ni los toman como modelos (falta de una representación inconsciente ideal de los padres; falta de imago parental idealizada, Kohut), ya sea porque el progenitor no soporta la idealización (por ejemplo, por vergüenza o culpa: “No me digas eso, no soy tan listo”), porque se descalifica a sí mismo (“Soy un fracasado”), porque su comportamiento imposibilita toda idealización (agresivo, apático, deprimido, enfermo, etc.), porque es descalificado como figura ideal por el otro padre (“Tu padre es un sinvergüenza”), porque lo ha visto fracasar repetidamente, o porque ha vivido el trauma de verlo humillado. Ver Función idealizadora

Inestabilidad

Proximidad y alejamiento en función del estado de ánimo de los padres.

Intrusividad

Actitud de invadir la privacidad del hijo. Por ejemplo, leer la correspondencia privada de un adolescente (antes cartas, hoy en día correos electrónicos).

Lectura de la mente

“Sé perfectamente lo que estás pensando, aunque me digas lo contrario:...; así que cállate, que no quiero más mentiras".

Maltrato emocional

Agredir emocionalmente al niño, generalmente desde una motivación inconsciente (o consciente) de causar sufrimiento. Desde el punto de vista de la crianza y el bienestar emocional del niño, se trata de una actitud estéril (ni siquiera “moldea” intencionalmente la conducta, como en el caso del chantaje emocional), dañina y enfermiza.

Adulación dañina (generalmente para humillar)

Críticas hirientes o improductivas: “Pareces tonto, todos los niños jugando a la pelota menos tu”.

Degradar (apodar, imitar, infantilizar, ridiculizar): “Es mi ratita complaciente”.

Despreciar (ofender): “Niño, hueles más tiempo a caca que a limpio”, "Tendré que ir contigo, no vales para nada" (a un niño tímido, que no se atreve a ir a casa de los vecinos a pedirles algo)

Etiquetar al niño: “Es cortito, es cortito...” (etiqueta de estúpido), "Este niño es malo, tiene algo malo" (etiqueta de malo)

Gritar (de forma emocionalmente injustificada para el niño)

Dejar de hablar (“Ley del hielo”)

Humillar (públicamente, de forma típica): “Fijaros como Carlitos no dice dos palabras seguidas sin tartamudear”.

Indiferencia emocional (ignorar)

Insultar de forma emocionalmente injustificada para el niño: "Mariquita" (a un niño por tener miedo a los perros)

Rechazar (expresado manifiestamente o no)

Mentir

La mentira (hacer creer como verdad, por acción u omisión, algo que no lo es - lo cual incluye la ocultación -), utilizada para manipular al niño, así como la que éste observa en la interacción de los padres con otras personas, tiene el efecto de crear inseguridad (al no poder predecir lo que va a ocurrir) y desconfianza en el niño, además de inducirla en su propia personalidad. Hay que precisar aquí la diferencia entre la ocultación y el callar: mientras que la ocultación persigue un interés egoísta y menoscaba la libertad del otro (por ejemplo, tener una relación con un/a amante), en el callar se ejerce la libertad de expresión, en su aspecto pasivo, y no se infringe el principio de la verdad (por ejemplo, no decirle a nuestros niños que hemos comprado un chocolate que les encanta, con idea de que coman bien primero, y solo después se lo decimos).

Mentir no solo es, por norma general, éticamente censurable, sino que no es sano psicosomáticamente (el mentiroso no puede escapar de una insidiosa tensión interna, como pone de manifiesto el “detector de mentiras”) y obstaculiza una fluida y estable interacción social.

Infundir miedo

“Este barrio es muy muy peligroso, ten siempre mucho cuidado”.

Negación de la individualidad (personalidad)

Por ejemplo, opinión o iniciativa del niño.

Negación de la percepción del niño

“No éramos nosotros los que discutíamos, eran los vecinos".

Comunicación paradójica

“Sí, estoy contento contigo” (dicho con voz irritada).

Rechazo

Expresado manifiestamente o no.

Delegación de roles

Imposición de un rol parental al niño, presionándolo para que sea un adulto prematuro.

Invertir los roles de padre e hijo

Presionar al hijo (por lo general la madre) para actuar como figura a la cual apegarse, invirtiendo así la relación normal: por ejemplo, utilizar al hijo como “paño de lágrimas”. Los medios para ejercer tal presión varían desde estimular inconscientemente un prematuro sentido de responsabilidad hacia otros, hasta el uso deliberado de amenazas o inducción de sentimiento de culpa. Es el hijo que cuida a los padres, que se siente responsable de su bienestar físico y psíquico.

Pérdidas

Multitud de datos indican una relación causal entre la pérdida de cuidados maternales en los primeros años de la vida, y un desarrollo alterado de la personalidad.

Es característico de los trastornos mentales (psicopatía, psicosis, neurosis) una alteración de la capacidad de vinculación afectiva, que deriva de un medio ambiente familiar atípico. La ruptura de los vínculos que unen a un niño con sus padres es la situación más fiablemente registrada y cuyos efectos se conocen mejor. Los antecedentes infantiles más frecuentes son, o bien la ausencia de la oportunidad para establecer vínculos afectivos, o bien prolongadas o repetidas rupturas de vínculos ya establecidos.

Respecto a dos trastornos, y dos clases de síntomas asociados, se ha encontrado una elevada incidencia de ruptura de vínculos afectivos durante la infancia: psicopatía y delincuencia, y depresión y suicidio. En psicópatas se da una incidencia mucho más elevada que en otros grupos de una infancia profundamente alterada por el fallecimiento, separación (divorcio) de los padres, o por otros acontecimientos que suponen ruptura de vínculos. Es también elevada la incidencia de hijos ilegítimos, repetidos cambios de figuras parentales y el paso del niño de un hogar a otro. Todas estas características y la precocidad de la pérdida de un progenitor, o los dos, son comunes a psicópatas y suicidas (en éstos, las pérdidas tuvieron lugar, con más probabilidad, durante los 5 primeros años de vida).

En depresivos no se da la típica ruptura general de la familia, de la infancia de psicópatas y suicidas. La pérdida es debida, con mayor frecuencia, a fallecimiento de uno de los padres, que a separación o ilegitimidad. Se da, además, con mayor frecuencia entre los 5 y los 10 años; en algunos estudios también entre los 10 y los 15.

Permisividad

Falta de límites.

Reacciones desproporcionadas

Conductas desequilibradas respecto a las necesidades o percepción del hijo. El niño aprenderá a inhibir sus peticiones de ayuda para protegerse a sí mismo o proteger a sus padres de sus reacciones descontroladas. Por ejemplo, “¡A mi hijo no le dice eso ningún profesor: lo mato!”.

Separaciones

Son discontinuidades en la asistencia parental, incluido periodos transcurridos en un hospital u otra institución. Respecto a la separación de un niño pequeño de su madre, tras haber establecido una relación emocional, parece que la razón de que pueda resultar tan nocivo para el desarrollo de su personalidad está en la intensidad, tanto de la demanda libidinal, como del odio que se genera (intensificación del conflicto de ambivalencia). Experiencias de estancias prolongadas en hospitales o residencias (internados) dan lugar a una sensación de no ser amado, de estar abandonado y rechazado.

Es muy pertinente señalar que la edad adecuada mínima, como norma de referencia general, para llevar al niño a la guardería o al colegio, se sitúa entre los 2 y los 3 años, según la madurez emocional del niño. Este margen es una expresión más de la variabilidad del desarrollo infantil en sus diferentes aspectos (piense en las diferencias en precocidad en la salida de los dientes, en el gateo, andar, o el lenguaje). Muchos niños no pueden tolerar el hecho de tener que separarse regularmente de la madre durante parte del día, hasta cumplir los 3 años.

Quizás les sorprenda este dato, por ser algo muy corriente, en el caso de mujeres trabajadoras, dejar a sus hijos en la guardería antes de cumplir el primer año. Incluso hay mujeres que, por influencia social, unida a su comodidad (sin necesidad económica, sin un trabajo al que reincorporarse), adoptan frívolamente ese mismo hábito, tan normal socialmente como perjudicial para el desarrollo del niño. Puede afirmarse que, desde el punto de vista de la maduración emocional del niño, por regla general es incompatible el trabajo de la mujer fuera de casa con la crianza, antes de los 2 años al menos.

Durante los primeros meses de vida del bebé, su madre y él forman una unidad. A medida que transcurre el primer año, el bebé comienza a separarse poco a poco de su madre, a ser consciente de que ella es una persona distinta de él. Al final del primer año el bebé comienza a comprender que ella puede dejarlo por un momento pero que regresa otra vez (“ahora” ya no equivale a “siempre”, lo que implica comprensión temporal). Los constantes juegos en que deja caer un objeto para que alguien se lo devuelva demuestran que el niño trata de elaborar esta idea una y otra vez. Si durante la edad de 2 años el niño tiene una relación satisfactoria con la madre (pudiera pensarse también en una madre sustituta a quien apegarse, teniendo presente que los niños se desarrollan mejor cuando se hallan al cuidado de una sola persona y no rodeados por una gran cantidad de niños pequeños), y la situación del hogar es relativamente estable, el niño habrá construido en su mente una imagen sólida de una madre amistosa y protectora, que le sirve de apoyo durante las separaciones de ésta, así como durante los periodos en que, por iniciativa propia, se aleja de ella.

Freud señaló que lo que distingue a un sujeto normal de un neurótico es que en éste se manifiestan, a escala ampliada, sentimientos de amor y de odio frente a sus padres. Si un niño no posee suficiente amor y compañía de sus padres es posible que su ansia libidinal sea elevada (estará buscando constantemente amor y afecto), y que tenderá a odiar a aquellos que no se lo proporcionan.

Suspicacia

“Me pregunto qué quieres obtener de mí con esto”.

Torpeza lúdica

Falta de habilidad para jugar juntos.

Trastorno emocional o mental en los padres

Por ejemplo, la sobreprotección fóbica (en realidad una desprotección emocional), que contagia miedo al niño, convirtiéndolo en fóbico: “Nunca te compraremos una bici: te podría pasar algo grave” (a una niña ilusionada con una bici, igual que la que tienen los niños del barrio).

Violencia familiar (violencia doméstica)

Incluye la violencia de pareja entre otras (las discusiones serían una forma verbal), dentro de la convivencia familiar, e incluye la violencia emocional (psicológica; ver Maltrato emocional).

 
Modelos representativos
(Modelos operativos internos)

Son mapas cognitivos, representaciones, esquemas o guiones inconscientes, relativamente estables, que un individuo tiene de sí mismo y de su entorno (representación del self y del objeto, en lenguaje psicoanalítico). Su función es organizar la experiencia subjetiva y la conducta adaptativa, filtrando la información acerca de uno mismo o del entorno. Pueden coexistir varios modelos respecto a la misma realidad (especialmente de uno mismo y de otras personas), y éstos pueden mantenerse apartados unos de otros o unirse a través de procesos integradores o sintéticos: por ejemplo, un niño pudiera configurar diferentes esquemas mentales del mismo padre en distintos momentos de su historia relacional, en función de la forma que adopte la interacción.

El niño construye los modelos internos de sus figuras de apego a partir de la interacción diaria con éstos, dentro de un contexto social, durante los primeros años de vida, estableciéndose firmemente como estructuras cognitivas inconscientes, que organizarán la experiencia interpersonal: “El niño es el padre del adulto”, señalaba muy agudamente Freud (las vivencias infantiles determinan el psiquismo del adulto).

E
n términos de Jean Piaget, ante una experiencia discordante con el modelo interno, el psiquismo tiene 2 alternativas: asimilación de la experiencia al modelo (que implica una distorsión de la percepción y una deficiente adaptación al entorno, permaneciendo intacto el modelo), o acomodación del modelo a la experiencia (modificación o creación de un nuevo modelo).

La falta de conciencia respecto a estos modelos hace que persistan relativamente inmodificados a lo largo de la vida (igual que los problemas infantiles). El individuo tiende a asimilar a cualquier persona nueva con la que establece un vínculo (esposa, hijo, jefe, psicoterapeuta), con un modelo preexistente (correspondiente a la madre, padre, o a sí mismo), y con frecuencia persiste tal asimilación o equiparación, pese a la reiterada evidencia de que tal modelo es inadecuado. De manera similar, espera ser considerado y tratado por los demás del modo que resultaría adecuado para el modelo que tiene de sí mismo, y continúa con tales expectativas a pesar de que la realidad sea “tozuda” y le demuestre lo contrario. Tales percepciones y expectativas equivocadas dan lugar a diversas creencias erróneas acerca de los demás, falsas expectativas sobre el modo como se comportarán, y acciones inadecuadas que pretenden anticipar la respuesta que de otros se espera. La consecuencia es un conflicto basado en malentendidos (percepciones o interpretaciones erróneas). Pero el individuo es incapaz de darse cuenta de que su propia experiencia pasada está influenciando engañosamente sus creencias y expectativas. Es normal, por otra parte, que modelos inadecuados coexistan con otros más adecuados. La experiencia clínica muestra que cuanto más intensas sean las emociones despertadas en unas relaciones, más probable es que se conviertan en dominantes los modelos más primitivos y menos conscientes.

Por ejemplo, una persona que durante su infancia fue amenazada con frecuencia con el abandono puede atribuir fácilmente esta intención a su mujer, y así interpretar erróneamente palabras que ella pronuncie, o cosas que haga, en el sentido de ese imaginario abandono, lo que le llevará, asímismo, a adoptar cualquier modo de actuar que piense que contrarrestará mejor la situación que cree que existe. Esta suspicaz actitud mental normalmente alternará con la creencia de que su mujer se comporta lealmente con él.

Existe una gran continuidad entre las historias de apego y el cuidado de los hijos: los tipos de apego tienden a reproducirse (repetirse). Romper la cadena intergeneracional supone un cambio de los primitivos modelos representativos, ya sea por remodelaciones sucesivas a lo largo de la vida, ya sea por una toma de conciencia de los mismos (lo que formaría parte de un proceso psicoterapeútico positivo, trátese de Psicoterapia Online o Presencial).

 
Estilos de apego en adultos

La Entrevista de Apego para Adultos (“Adult Attachment Interview, AAI”, Carol George, Nancy Kaplan y Mary Main, 1984, 1985, 1996) consiste en que la persona narre y valore sus experiencias de apego en la infancia, para evaluar cómo las ha interpretado y elaborado (los hechos objetivos son secundarios), lo que equivale a revelar sus Modelos representativos. Según Mary Main pretende “sorprender al inconsciente”.

Para los autores, el grado de coherencia con el que la persona se expresa, se relaciona con la seguridad/inseguridad experimentada en sus vínculos afectivos, lo cual predice su sensibilidad como cuidador, el tipo de vínculo que tendrá con sus hijos, y el tipo de apego que éstos desarrollarán (manifestado en La Situación Extraña”).

Autónomo (seguro)

Su relato es coherente, creíble, internamente consistente, y no defensivo (tanto el referido a experiencas positivas como negativas). Valora sus relaciones de apego de forma equilibrada, sin idealizarlas y sin mostrar resentimiento, considerandolas influyentes en su personalidad. Se muestran colaboradores.

Estos padres suelen ser sensibles y afectuosos con sus hijos, que suelen ser clasificados como seguros en “La Situación Extraña”. Ver Apego seguro

Preocupado (angustiado)

Su discurso es incoherente, algunas frases son gramaticalmente confusas y contienen muchas expresiones imprecisas, las descripciones son largas y las respuestas irrelevantes. Acentúan la importancia del apego, muestran estar muy condicionados por su pasado. Se emocionan al recordar sus experiencias infantiles, manifestando a menudo ira, ambivalencia (amor/odio), angustia y confusión respecto a sus padres.

En la relación con sus hijos manifiestan interacciones confusas y caóticas, son poco flexibles y dificultan la independencia del niño (interfieren frecuentemente en su conducta exploratoria). Sus hijos suelan ser considerados como ambivalentes. Ver Apego angustioso

Evitativo (desapegado)

Sus narraciones son cortas y con frecuencia mencionan su falta de memoria (lapsus de memoria), su discurso es defensivo, lo poco que recuerdan lo hacen de una forma fría e intelectual. Subestiman la influencia en ellos de las relaciones de apego de su infancia, minimizan los aspectos negativos, sus descripciones positivas son a menudo contradictorias o insostenibles (no dan ejemplos concretos) Expresan tener unos padres normales o excepcionales (Idealización), lo que está escasamente apoyado por recuerdos concretos, y en contradicción con otros.

Respecto a sus hijos (que suelen ser desapegados) suele ser frío y rechazante. Ver Apego evitativo

Desorganizado (traumatizado)

Tiene grandes lagunas de memoria, lapsus temporales y razonamiento confuso, respecto a la pérdida de familiares o sobre abusos, que denota que existen traumas no resueltos. Pueden utilizar la Idealización cuando elogian alguna figura de apego del pasado. Respecto a alguna persona fallecida, quizás no la nombre, o bien hable de ella como si siguiera viva.

Sus graves problemas emocionales los hacen severamente incompetentes como padres. Muchos tienen un trastorno mental crónico, o son alcohólicos o toxicómanos. Ver Apego desorganizado